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Volver a ser humanos, el reto del siglo XXI

Fecha de publicación

1 May, 2023

Cristina Gutiérrez Lestón

Educadora Emocional, Conferenciante, Escritora y Directora de La Granja

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Medio: Cuadernos de pedagogía Artículo:

Un mundo adverso y acelerado, convaleciente aún por una pandemia mundial, ha provocado que muchos alumnos/as y docentes se sientan mal. Volver a ser «humanos» en las aulas es el gran reto del siglo XXI, con la autoestima, la empatía y la regulación emocional como compañeras de viaje.

De hoy me llevo saber que le importo a alguien», me responde Isaac, de 12 años, tras preguntarle qué se llevaba de la excursión que acababa de
realizar con sus compañeros/as de clase. Una mañana y tres dinámicas; Liderazgo con el caballo, el Circuito de la Confianza y el Puente de la Comunicación Positiva fueron suficientes para su reflexión. Sentí rabia al escucharlo, de hecho, sus palabras traspasaron mi piel hasta clavarse
como una flecha en el corazón. Contuve mis lágrimas mientras su profesora, impactada y aun sollozando, me confesaba que para ella sus alumnos/as eran muy importantes, pero que era cierto que nunca les había dicho «eres importante para mí». Ese día me pregunté: ¿qué estamos haciendo?, ¿qué nos hemos perdido para que un chaval sienta que no importa a nadie? Seis años después puedo afirmar que hay muchos Isaacs en nuestros institutos.

Las aulas, esos lugares supuestamente seguros para facilitar el aprendizaje y la adquisición de los recursos para caminar por la vida con la fortaleza y la confianza suficientes, se están alejando de su propósito, convirtiéndose en espacios donde educar se ha confundido con rellenar; donde nos piden que dejemos las emociones en la puerta de clase para ser máquinas perfectas de memorizar y resolver problemas matemáticos, deshumanizando a niños/as, jóvenes y docentes.

Gael, un pequeño de tan solo cinco años, me dijo: «tengo frío en el corazón». Creo que él se daba cuenta de lo que nosotros apenas apreciamos y, es que, aunque el mundo duela y pinche, podemos reducir y reparar el dolor de la vida, o amplificarlo y dejarnos arrastrar por él. En realidad, todo es muy simple y por mucha innovación pedagógica o fantásticas metodologías que usemos, nuestra manera de hablar, de tratar y de mirar es la que cada día dice si somos de los que acarician corazones o de los que los enfrían. Tengamos claro que cuando enfriamos, al cerebro le cuesta más aprender.

Todos sabemos que educar es un compromiso con el aprendizaje, pero también lo es con la sociedad y con el planeta y, por supuesto, con ese niño o niña que tienes delante. Educar, etimológicamente significa «extraer de dentro hacia afuera», y salvo dignas excepciones, la vida o las circunstancias o las leyes educativas de muchos países nos han llevado a hacer todo lo contrario, a «llenar» de fuera hacia dentro, sin tiempo para extraer los tesoros que esconden esas almas que tenemos delante. Confieso que cuando escucho a los niños/as y a los adolescentes, no solo aprendo, sino que, en pocos segundos, recupero mi humanidad y la esperanza, pues son los grandes sabios de la actualidad, no porque los adultos ya no seamos capaces, sino porque las prisas del mundo nos impiden parar y pensar en qué estamos realmente haciendo. ¿Educamos transformando de piel adentro, o nos conformamos con memorizar para mostrar lo aprendido de piel afuera?


El cometido de docentes y educadores no radica solo en «rellenar», eso lo hace cualquiera, incluso Google. Nosotros/as somos mucho más y podemos ir más lejos. En mi opinión, mi trabajo consiste en despertar. En realidad, siento que somos el último reducto, el bastión que queda para poder hacerlo profesionalmente.


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