Cada día me resulta más difícil educar en valores cuando los políticos que llenan los titulares son, en realidad, un catálogo viviente de contravalores: el victimismo de unos, el “y tú más” de otras, el cinismo o el narcisismo inagotable son solo un ejemplo de ese elenco de personajes que parecen salidos de una serie de Netflix.
Confieso que llevo tantos meses viendo sus capítulos que ya casi espero el siguiente con palomitas. Una acaba normalizando la indecencia cuando se emite en horario de máxima audiencia.
Y, sin embargo, esta mañana, en una actividad de Educación Emocional, Laura, una alumna de siete años, ha dicho algo que debería avergonzar a medio Parlamento:
“Yo quiero un mundo mucho mejor, y somos nosotros quienes lo hemos de conseguir. No necesitamos superhéroes, estamos nosotros y nuestro corazón.”
Además de una enorme lección de Autonomía Emocional, me he dado cuenta de que, por Laura —y por tantos niños/as— no puedo permitir que la corrupción moral se vuelva costumbre.
Nuestros políticos deberían aprender tres cosas de esta pequeña:
Primero, que el objetivo es mejorar el mundo, no su mundo ni su cuenta bancaria.
Segundo, que la responsabilidad no se delega: no la tiene “el otro”, nos pertenece a cada uno.
Y tercero, que un superhéroe es quien no ha perdido el corazón por el camino.
No sé si todavía les queda corazón, lo que sí sé es que cuando lo escuchas aparecen la humanidad, la empatía y la honestidad, esa que no solo ilumina el alma, sino también la mirada de los ciudadanos que estamos esperando la llegada de un o una política que sea verdad.
Mientras tanto, seguiremos aprendiendo de Laura, porque parece que los únicos adultos en esta historia… son los niños.
Cristina Gutiérrez Lestón
Educadora Emocional


