Como educadora emocional, hay momentos que me recuerdan por qué elegí este camino y por qué creo profundamente que la educación emocional es una necesidad real en las escuelas. Esta semana he vivido uno de esos momentos que te confirman que algo está cambiando para mejor.
Hemos llevado a cabo la primera sesión de formación con los COCOBE —Coordinadores/as de Coeducación, Convivencia y Bienestar Emocional— y con los equipos directivos de varias escuelas de la provincia de Girona, dentro del programa “Descubriendo el poder de las emociones”.
Para mí, esta sesión fue mucho más que una formación: fue un encuentro lleno de sentido y compromiso.
A menudo se desconoce qué hace exactamente un Cocobe. Su misión es acompañar, cuidar y velar por la salud emocional del centro educativo. Son profesionales clave que trabajan para crear entornos seguros, prevenir el malestar, mejorar la convivencia, promover relaciones más sanas y acompañar al alumnado en sus procesos emocionales. También apoyan al profesorado y ayudan a integrar la mirada emocional en la vida cotidiana de la escuela. Su labor es, en realidad, una pieza fundamental para construir centros más humanos, respetuosos y conscientes.
Durante la sesión exploramos qué es realmente la educación emocional, cómo se construyen y funcionan nuestras emociones y de qué manera podemos gestionarlas de forma más consciente y saludable. Profundizamos en el papel de los adultos como modelos, en el impacto del lenguaje emocional y en la relación entre emoción, conducta y aprendizaje.
Además, compartimos recursos prácticos que los Cocobe pueden aplicar desde el primer día, pensados para fortalecer su misión: herramientas para mejorar la convivencia, dinámicas para acompañar emociones difíciles, estrategias de regulación y pequeñas acciones que, sostenidas en el tiempo, transforman el clima emocional de un centro.
Lo que más nos emocionó fue ver su actitud: implicación real, preguntas profundas, ganas de aprender y, sobre todo, una sensibilidad genuina hacia el bienestar del alumnado y del profesorado. Esa apertura confirma algo que siempre repito: cuando una escuela decide comprender las emociones, toda la comunidad educativa crece.
Al terminar la sesión sentimos gratitud, orgullo y esperanza. Gratitud por acompañar a profesionales tan comprometidos; orgullo por ver que el rol del Cocobe crece y se reconoce; y esperanza porque este movimiento está cambiando la manera en que educamos y acompañamos a los niños y niñas.
Esta ha sido solo la primera sesión de un camino que seguiremos recorriendo juntos. Estoy profundamente ilusionada por lo que viene.
Cuando una escuela abraza las emociones, de verdad, todo cambia. Y cambia para mejor.


