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DEJAR DE MIRAR PARA PODER SENTIR

Fecha de publicación

15 Jun, 2022

Categoria

Cristina Gutiérrez Lestón

Educadora Emocional, Conferenciante, Escritora y Directora de La Granja

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«Descalza en el bosque he sentido como si todo desapareciera, y solo existiéramos el bosque y nosotros en el Universo» me dice Julia, de 12 años con los ojos todavía vendados, después de hacer la actividad de Baño de Bosque con su clase de 1º de la ESO. Me impresionó su reflexión, y pensé en algo importante hoy en día, y es que, para poder oír, a veces debemos dejar de mirar.

Lo que observo en mi trabajo es que el sentido de la vista es tan poderoso que nos hace juzgar, nos impone creencias e incluso nos hace decidir sin tener en cuenta los demás sentidos que también tenemos, pero que han perdido casi todo su protagonismo en los últimos años.

La aceleración del mundo y, en especial, el avance tecnológico que durante la pandemia se ha hecho más omnipresente, ha convertido el sentido de la vista en el vehículo principal por estar conectados a redes, plataformas y reuniones, por lo que ha tomado aún mayor relevancia y también, una enorme responsabilidad que ha desdibujado o incluso ha anulado nuestros otros sentidos; el oído, el gusto y el tacto que también tienen una importante misión, como descubrí esa tarde con ese grupo de niños.

Con los ojos vendados, Julia descubrió que el bosque olía de una forma muy especial, que la calmaba. Se dio cuenta de que había zonas donde los pájaros cantaban más, y otras donde el silencio era tal, que le permitía escuchar su respiración, ahora profunda y sosegada. Con solo 12 años, descalza, notó que la tierra no estaba fría, ni caliente, y que el tacto la hacía sentir tranquila. Al principio, le costaba caminar porque le pinchaban las piedrecitas del camino que no veía, y le daba miedo hacerse daño. Pero todos los niños y niñas se juntaron, cogiéndose de la mano como para protegerse, y eso la hizo seguir adelante. Poco tardó en acelerar su paso hasta que las pequeñas protuberancias de la naturaleza dejaron de molestarla… y preocuparla. No, la naturaleza no era peligrosa, ahora podía sonreír, disfrutar, oír, respirar, y sus dedos jugaban traviesos con la arena y las hierbas del camino.

Se sentía libre a pesar de no ver nada. Aún nadie le había dicho que la libertad está más en acariciar una mano amiga o en confiar en los pies nudos.

Observé cómo Júlia ya no sentía miedo porque los otros sentidos que tenemos los humanos, el tacto, el oído y el olfato, pudieron ocuparse de hacer su trabajo; sentir la vida sin juzgarla.

Y justo en ese instante todo desapareció, y en el Universo sólo permanecieron ella, los compañeros y compañeras y el bosque, que esta vez, a pesar de llevar los ojos vendados, si había visto, pero por dentro, que es cuando de verdad se ven las cosas.

Cristina Gutiérrez Lestón

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