En un día como hoy, donde ponemos el foco en el Bullying, creo interesante aprovechar una serie que ha generado mucho debate en los medios y gran preocupación y sorpresa en las familias, hablo de “Adolescencia” de Netflix.
Me centraré en algo que resulta incomprensible para muchos, ¿por qué a un chaval aparentemente “normal” se le acusa de un acto tan atroz?
Cuesta de entender cuando vemos que su familia parece sencilla y muy buena gente. Y si encima vemos a un crío asustado, casi tímido y dulce, empatizamos con él y nos resulta increíble que sea capaz de hacer nada malo. Más aún cuando vemos un contexto escolar crispado y violento, donde prima la ley del más fuerte.
Me gustaría centrarme en una emoción de la cual se habla muy poco y que, en mi opinión, está en el fondo de esta película; la humillación.
Es una realidad el aumento del acoso escolar, las burlas y el menosprecio en las aulas. Estos comportamientos se dan a través de las relaciones reales (en el patio, en clase… donde al menos hay docentes que pueden darse cuenta), pero también se dan a través de las redes, donde el control es cero y donde parece que nuestros adolescentes han creado un nuevo lenguaje que disimula la burla para que los adultos no nos enteremos. Sería como un 3.0 del lenguaje de la humillación, diseñado para que quede bien disimulado.
Pero, ¿qué es la humillación?
La humillación es una emociona social. Las emociones sociales son aquellas que son consecuencia del aprendizaje en sociedad. Por ejemplo, el orgullo de ganar un partido con tu equipo o la vergüenza de que te enganchen con una mentira. Y dentro de las emociones sociales encontramos las condenatorias, es decir, las que sentimos que nos condenan, como el asco, el ridículo, el remordimiento, la aversión, el menosprecio o la culpa. Estas emociones morales sirven, como decía Séneca, para entender que «Un solo bien puede haber en el mal: la vergüenza de haberlo hecho». Es decir, sirven para avergonzarnos con el fin de que no repitamos comportamientos amorales o que no contribuyen a hacer fuerte la comunidad. Recordemos en este punto que los humanos, como animales sociales, nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir como especie, por lo que estamos, además, programados para no estar solos, y cuando lo estamos, nos sentimos amenazados, con miedo y en peligro.
Cuando alguien nos humilla, lo que nos están diciendo es “no te queremos con nosotros”, “no vales para estar aquí”, “no eres suficiente”, lo que nos hiere profundamente porque nuestra naturaleza pide pertenecer al grupo.
Las emociones sociales como la humillación nos avergüenzan tanto, que lo escondemos y no lo explicamos a nadie porque nos sentimos culpables. Es decir, callamos y aguantamos (como muestra en la serie el hijo del agente de policía).
La humillación es una emoción peligrosa porque al esconder cómo nos sentimos, es más difícil que alguien se dé cuenta y nos ayude. Y a nivel científico, también cuesta tener datos para hacer estudios y llegar a conocer el alcance de las consecuencias de la humillación.
Lo que sí se sabe, es que es una emoción latente que queda como escondida, y un buen día puede explotar con comportamientos muy graves, sorprendiendo a todos, pues nadie suele percibir señales de alarma. Digamos que se disimula tan bien que no vemos que son personas que llevan una herida tan grande y pesada que no pueden con ella.
¿Qué pasa cuando nos han humillado y no hemos podido gestionarlo adecuadamente?
Sentimos dos emociones; ira (con emociones como el odio, el enfado o la antipatía) o tristeza (como la apatía, la baja autoestima, la desmotivación o la depresión).
Las consecuencias de la humillación pueden estar detrás de acciones terribles como las matanzas en los colegios o los terroristas que se inmolan. Es como si en un momento dado, la ira se apoderara de ti, te sientes fuerte y poderoso y te vengas, recuperando, de alguna manera, esa dignidad que perdiste de pequeño/a.
Cuando jugamos al este juego, al de la humillación, ¡cuidado! Porque nunca sabremos hasta donde pueden llegar sus consecuencias, ya que son latentes e incontrolables, incluso muchos años después.
¿Qué podemos hacer para darnos cuenta de si nuestro hijo/a se siente humillado?
La educación emocional es la clave para prevenir. Tres recursos fáciles:
1º Evitemos humillar a nuestros hijos/as cuando nos decepcionen. Si juega mal a futbol, aceptémoslos y busquemos qué se le da bien. Es importante querer al hijo/a que tenemos, no al que querríamos tener.
2º Juguemos al “del 1 al 10”: seamos exploradores de su día a día, invitémosle a hablar y compartir en un espacio seguro (escuchando para entender y no para responder). Cada mañana, antes de ir al cole, preguntémonos (padres e hijos), del 1 al 10, ¿cómo estás? Y lo apuntamos en un papel en la nevera. Por la tarde, repetimos la operación. Si marchó con un 9 y llegó con un 3, preguntémonos que ha pasado hoy en el cole. Y si se marcha con un 5 y vuelve con un 10, preguntémonos qué pasa en casa. Es un recurso tan fácil como eficaz para anticiparnos y prevenir.
3º Enseñémosles a poner límites, eso les dará más confianza y mayor capacidad para sentirse ser sus dignos protectores. ¿Cómo? Con el ejemplo, pon límites a tus hijos, y ellos aprenderán “Hija, no te permito que me hables así”, “Puedes sentir odio por tu hermana, pero no tratarla con odio, que es distinto” o “Puedes sentir lo que quieras, pero no hacer lo que quieras con lo que sientes”.
Cristina Gutiérrez Lestón
Educadora Emocional
La Granja Ability Training Center.

